Suerte
- Los relatos de Verónica
- 26 mar 2022
- 2 Min. de lectura
No la encontraba. La camiseta que se ponía en todos los momentos importantes de su vida había desaparecido.
Hacía tiempo que no se vestía con ella. Decidió, en un intento de preservarla en el mejor estado posible, sólo usarla en ocasiones muy especiales, y aquella era la más importante de todas. Estaba ligada a ella de una manera que no podía explicar y, aunque no era supersticiosa, sentía que le daba suerte.
Le salió el único tazo que le faltaba para completar la colección de Dragon Ball, en la bolsa de Matutano que compró el mismo día que estrenó la camiseta con doce años. El número dos, un tazo especial volador Holo 3D de Son Goku.
Se presentó con ella a las pruebas como trombonista en el Conservatorio Profesional de Música de su ciudad y aprobó con la mejor nota de su promoción. No le permitieron en su audición de último curso llevarla, ya que tenía que ir de etiqueta, pero se la puso debajo de la camisa. El jurado decidió que su audición valía una matrícula de honor.
Le acompañó en la entrevista de su primer trabajo, incluso en su primera cita.
—¡Vaya! Esa camiseta tiene pinta de haber vivido mil batallas. Me gusta —Dijo Lana. Y, en ese instante, Vanya supo que era la mujer de su vida.
Seguía buscando entre los cajones de su antiguo armario, en casa de sus padres. Cuando ya creía que iba a desesperar, escuchó a su madre entrar:
—Mamá ¿sabes dónde está mi camiseta de Dragon Ball? Quiero llevármela hoy.
—Pero si está muy vieja, Vanya ¿no puedes ponerte otra? Está en la caja que he dejado en la cocina. Tenía pensado regalar todo lo que hay en ella.
— ¡Ya sabes lo importante que es para mí! —a Vanya le sorprendía de que su madre no lo tuviera en cuenta.
Al abrir la caja, ahí estaba, con las mangas amplias desplegadas sobre un montón de libros. La nube Kinton había perdido casi todo el color amarillo, el traje de Gokû era más color salmón que rojo y en el pelo parecía que le habían salido canas debido a las grietas. Pero a Vanya le pareció que lucía perfecta, como el primer día que se la puso.
Se despidió de su madre con un beso y la promesa de recogerla más tarde.
Llegó al hospital con la camiseta en el bolso y entró en la habitación trescientos cuarenta y siete. Allí la esperaban Lana y su hija recién nacida, Mónica, ambas dormidas.
Se acercó a la cuna y Mónica se despertó, como si de repente advirtiera su presencia. Vanya la cambió, la tomó en brazos y se sentó en el sillón que había justo al lado de la cama de Lana.
—Seguro que le da mucha suerte —Dijo Lana con aspecto de estar muy cansada y una amplia sonrisa.
—Seguro que sí —Contestó Vanya, que le devolvió la sonrisa.
Ambas se quedaron completamente encandiladas, cogidas de la mano mirando a Mónica con su nuevo atuendo: una camiseta que le quedaba enorme, agujereada y descolorida.
© Verónica C. Ramón. Todos los derechos reservados.





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