Hasta el anochecer
- Los relatos de Verónica
- 3 abr 2022
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 23 ene 2024
Gunilda despertó sobresaltada poco antes del alba. Sigrid, que dormía a su lado, hizo lo mismo al escuchar a su amante incorporarse entre jadeos y agarró la espada de forma instintiva. Cuando fue consciente de lo que ocurría y consiguió calmarse, puso su mano sobre la espalda de Gunilda, con cuidado:
— Gun, es sólo una pesadilla —le dijo rozando su espalda desnuda hasta llegar a la zona más alta de su cuello. Tenía el pelo y la piel empapados en sudor.
Gunilda se levantó y se acercó a la entrada de la tienda en la que había dormido aquella noche, montada en el extremo norte más alto donde habían implantado el campamento. Desde aquella altura podía ver el resto de las tiendas, todas a oscuras. Las más cercanas emitían sonidos de soldados dormidos. La luz de las antorchas se colaba a través de la rendija de la apertura de la tienda, proyectando reflejos en el cuerpo desnudo de Gun.
— Debería marcharme. Estoy a medio día de mi campamento y presiento que algo no va bien —Dijo Gun, sin apartar la vista del cielo encapotado, que parecía no poder despertar.
— No es la primera vez que sufres pesadillas. Todo irá bien —le comentó Sigrid mientras se levantaba y caminaba hasta abrazar a Gun por la espalda. Esta se dio la vuelta y la besó apasionadamente.
Gunilda escuchó unos pasos cerca de la entrada y se escondió apresuradamente tras unas cortinas en el otro extremo de la tienda.
— Solicito audiencia, mi señora. —Dijo el soldado fatigado, producto de su apresurada carrera —Traigo un mensaje de vuestro padre.
Sigrid se puso los pantalones y la camisa que la noche anterior Gun le había arrancado llevada por la pasión y atendió al soldado, al que despidió dándole las gracias.
— ¿Qué ocurre? ¿Qué dice tu padre? —Gun salió de entre las cortinas, con cierta ansiedad en el tono de su voz.
Sigrid se mantuvo en silencio durante unos segundos que a Gunilda le parecieron eternos.
— Guerra. Nuestros padres no han llegado a un acuerdo. Eso es lo que dice. —Sigrid levantó la vista tras estas palabras, con el ceño fruncido para mirar a Gun.
Glaosheimre. Una ciudad maldita por la que sus familias llevaban luchando más de cien años y por la que parecía que, por fin, las negociaciones iban a llegar a buen puerto entre ambas.
Sigrid Bengstsson apartó la mirada de Gun y fue ella quien la centró esta vez fuera de la tienda.
— Resulta que tenías razón. Algo no iba bien.
— Te prometo que lo solucionaré. Hablaré con mi padre. —Gunilda Dolph se dirigió a Sigrid, que estaba de espaldas a ella, posando su mano derecha sobre su cabeza y besándola sobre el cabello —Debo marcharme ya.
Gun llegó al campamento casi a media tarde, empapada. Pudo ver, a través de la lluvia y mientras bajaba por el risco, como los soldados corrían de un lado a otro mientras su padre vociferaba órdenes. Aprestó a su caballo para llegar a él cuanto antes.
— Padre, esto es una locura. Las negociaciones iban bien. ¿Qué ha ocurrido?
— Llegas tarde, Gun. Deberías haber llegado al alba. Ya no hay nada que podamos hacer, sólo prepararnos. Casarte con el mayor de los hijos de Bengstsson… ¡Jamás! No estoy dispuesto a perder a mi heredera.
Gun sintió cómo se le helaba la sangre. Aun así, estaba dispuesta a parar aquello.
— Padre, me sacrificaré si con ello paramos esta locura.
— ¡No! Prepárate. Los exploradores me acaban de avisar. No tardarán en llegar.
<< ¿Podría ser que Sigrid? >>... Gun apartó aquellos pensamientos de su cabeza. No quería ni imaginarlo.
Los minutos después que sucedieron al escaso intercambio de palabras entre Gun y su padre fueron un caos: soldados de mirada asustada corriendo de acá para allá, otros intentando ponerse la armadura lo más rápido que podían, los había que ya estaban preparados y vociferaban órdenes en un intento de estar listos para la batalla que se avecinaba… cuando, de pronto, la imponente masa del ejército de Bengstsson comenzó a asomar en lo más alto del risco.
El sonido de un cuerno atronador dio comienzo al caos. Soldados a medio vestir apenas tuvieron tiempo de reaccionar y coger su espada. Los había ya preparados que temblaban bajo su armadura. Otros, sólo podían sollozar y entonar plegarias.
El choque frontal fue rápido. Gun y su padre luchaban en el centro de la refriega, en el que se habían visto envueltos antes de que pudieran darse cuenta. Su padre, a pesar de su avanzada edad, había conseguido ponerse a la vanguardia en apenas unos minutos, derribando a todo aquel que se le ponía por delante. Gun le seguía a escasos metros, demostrando que había heredado sus dotes para el combate. EL hedor de los hombres ante el miedo y la muerte, la sangre, los aullidos… todo desapareció cuando vio cuál era el objetivo de su padre. Sigrid. Imponente y arrolladora, iba a la vanguardia del ejército contrario.
— No… —apenas pudo susurrar Gun a su padre, estirando el brazo, en un intento instintivo de pararlo. En ese instante, todo giraba ante aquella escena que estaba a punto de presenciar y que se negaba a aceptar.
Su padre, fatigado, lento y herido en la batalla, arremetió contra Sigrid.
Sigrid, con los ojos enrojecidos y repletos de lo que parecían lágrimas, alzó con ambas manos su mandoble y descendió en un arco perfecto que se hundió desde la clavícula izquierda de su padre hasta detenerse en el corazón. El cuerpo, ya sin vida, se desplomó deslizándose entre la hoja de la espada. Gun cayó de rodillas junto a su padre y presionó la herida de su cuerpo, en un intento vano de evitar que las escamas de la armadura siguieran tiñéndose de color escarlata.
La organización del ejército de la familia Dolph se volvió todavía más caótica tras la caída de su líder. La mayoría acabaron muertos o apresados.
Gun no sabía cuánto tiempo llevaba presionando la herida cuando la escuchó y despertó por fin de aquella pesadilla para mirarla:
— ¡Quietos! Es nuestra rehén más valiosa —Sigrid acababa de parar el brazo de un soldado que alzaba su espada contra Gun.
Gunilda ya no sabía que veía en la mirada de Sigrid. Comenzaba a anochecer y, en tan sólo un día, fue consciente de lo poco que la conocía.
© Verónica C. Ramón. Todos los derechos reservados.





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