A salvo
- Los relatos de Verónica
- 24 mar 2022
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 26 mar 2022
Los escalones excesivamente anchos y altos daban a aquel sótano lúgubre y húmedo.
Thomas era rápido y tenía las piernas largas para su edad. Aun así, estuvo a punto de tropezar y caer en un par de ocasiones. Bajaba tan rápido, que al llegar al último escalón sentía que la respiración le empezaba a resultar dificultosa.
Conocía aquel lugar, no era la primera vez que estaba allí. Corrió todo lo deprisa que pudo por un pequeño pasillo hasta ocultarse bajo una mesa que había dentro de una oscura habitación en aquel inmenso sótano. La única bombilla de la habitación hacía tiempo que se había fundido y no se habían tomado la molestia de cambiarla. A nadie le gustaba bajar a aquél lugar, solo a Thomas, las veces que la curiosidad le había llevado hasta allí.
En aquella ocasión lo hizo por algo totalmente diferente. Buscaba donde esconderse.
Escuchaba los pasos sobre su cabeza, provenientes del piso superior, donde se encontraba el salón de aquella inmensa y antigua casa. También un murmullo lejano, lo suficiente como para no entender qué decían, aunque lo único que le importaba era que no le encontraran.
Se puso alerta cuando escuchó unos pasos que rondaban cerca de la puerta que daba al sótano, cómo se alejaban, para después volver y pararse junto a ella. Estaba seguro de que no bajarían, nunca lo hacían, ¿por qué iba a ser distinto aquel día?
Supo lo equivocado que estaba cuando el roce de unos zapatos sobre los escalones le anunció que alguien había decidido hacer una excepción. Por el sonido acompasado de las llaves, creía saber quién era:
«No, ella no, me encontrará…» – Pensó Thomas, mientras se tapaba la boca con ambas manos, en un intento de permanecer completamente en silencio.
A tientas, la mujer se fue acercando cada vez más a la habitación. Estaba claro que hacía mucho que ella no bajaba por allí y le resultaba mucho más difícil que a Thomas moverse por aquella penumbra.
Se detuvo ante la puerta y pareció mirar hacia donde él se encontraba agazapado, como si pudiera verle a través de aquella inmensa oscuridad.
Se agachó y comenzó a arrastrarse sobre sus rodillas en una posición que parecía imposible en alguien como ella, con su estatura, llevando tras de sí el sonido chirriante de las llaves contra el suelo.
Thomas se escurrió todo lo que pudo hasta la esquina más lejana de la habitación, dejando incluso la protección de la mesa, que tan segura le parecía.
La mujer extendió el brazo con intención de coger a Thomas, mientras este alargaba el cuello contra la pared, como si creyera que con ello conseguiría alejarse por completo de aquellos dedos que cada vez estaban más cerca.
La mano agarró con fuerza la camiseta de Thomas.
–¡Te pillé! Sabía que te encontraría aquí. Thomas, te tengo dicho que no bajes a este sótano, ni siquiera para jugar al escondite. Vamos, he de cerrar todo antes de irnos.
–Jijiji – Thomas estalló en carcajadas y salió corriendo hacia el patio dejando la oscuridad atrás con la misma soltura con la que se había adentrado en ella.
Al salir, su madre suspiró al ver que ahora era él el que perseguía a unas pequeñas ardillas que corrían hasta llegar al abrigo de las ramas altas de los árboles, a salvo de las pequeñas manos de Thomas.
© Verónica C. Ramón. Todos los derechos reservados.





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